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  • 0 Bailemos un tango

    . 23 enero 2010

    Siempre he admirado a los que saben bailar bien un tango, y he aquí otra de mis aficiones platónicas, entendiendo como platónico,   aquello que idealizas y  te gusta muchísmo, pero que sabes que nunca materializarás.  De momento, me conformo con mi papel de espectadora. Me complace sólo mirarlo, aunque sí que creo que experimentarlo sería sublime.
    Y  con esta  inquieta mente mía,  que no para de unir y mezclar unas ideas con otras, me ha dado por pensar que  podría hacer una analogía sobre el  tango y el amor.

    Veamos, para empezar, así el tango, como el amor, son cosa de dos. Es imposible entender este baile de forma individual, y aunque si que es cierto que algunos bailes comparten esto del dúo, el resto de caracteristicas que voy a describir, hacen del tango el baile por excelencia para asemejarlo al amor.


     El tango  es sumamente complejo,  difícil, enredado, enrevesado, enmarañado... y creo, que hasta al más erudito en la técnica "tanguera" no sabrá a veces que paso hay que dar.  El amor es complicado, espinoso, arduo, embrollado... y  en este baile del querer (en esto sí que creo que no hay expertos) a todos nos han dado algún pisotón que otro, sobre todo porque los pasos  a seguir no están marcados.

    Aunque tanto en  el tango como en amor sí que hay unos pasos básicos, una vez los conoces, ya no hay una coreografía rígida sino que los protagonistas dibujan su baile libremente dejándose llevar.

    En el tango el equilibrio es fundamental. El equilibrio no entendido de forma individual, sino en el centro de los dos,  y si no se entiende así, puede desestabilizarse. En el amor hay que ser ecuánime y equitativo y mantener una armonia entre tus deseos y los de tu pareja, que unas veces seas tú el que domina, para dar con el siguiente paso las riendas al otro.

     El peso en estos bailes, debe estar compensado con al fuerza del otro. Tener claro que cuando hagas un quiebro, los brazos de tu pareja siempre van a tener la fuerza suficiente para sujetarte.

    La compenetración en ambos  es requisito imprescindible. Saber que paso va a dar el otro con sólo mirarle y saber seguirlo con naturalidad, dando pié para el siguiente.

    El movimiento en los dos debe ser sincronizado, no es sólo cuestión de moverse juntos, sino moverse manteniendo un diálogo en el que los dos pueden proponer, y, por lo tanto, como en todo diálogo, hay que saber escuchar. Esto enriquece mucho más el baile, y resulta mucho más bello y creativo si los dos participantes actúan y no sólo es uno el que lo dirige. 


    La pasión y la sensualidad están implícitas.  En el amor es obvio para todos. Y en el tango hay  un sentimiento que se baila.  Un sentimiento de deseo hacia el otro que se describe de forma muy gráfica en ese juego de alejarse y acercarse, se podría decir que cuando un hombre y una mujer bailan tango:  bailan la seducción.

    El amor sería perfecto si lo bailásemos siempre con esa complicidad que mantienen los buenos bailarines de tango. Si cada vez que nos abraza el amor lo recibierámos con otro maravilloso y tierno abrazo... sin estrujarlo. Si el baile del amor fuese siempre nuevo, fresco y dinámico, sin caer en la monotonía de un pasodoble. Si en  este baile del corazón alguna vez nos metiéramos en los zapatos del otro (y aprovecho este símil para animar a mis queridos lectores del sexo contrario, a que os subáis alguna vez a un zapato de 10 cm de tacón) Y, por último, si, ambos protagonistas del baile, nos dedicáramos más a dar que ha recibir.

    ¿Me concedéis este baile?





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